EL PODER DE LA MENTIRA.


El pasado martes 15 de septiembre de 2026, el influenciador mexicano Samuel Adrián fue detenido en el Aeropuerto Internacional El Dorado de Bogotá cuando intentaba ingresar a Colombia para participar en la conferencia “El fin de la fábrica de niños trans”. El arrestado es el autor de un panfleto audiovisual, al que increíblemente llaman documental denominado "Colombia, fabrica de niños trans", en el que presenta un sartal de mentiras sobre la práctica de terapias de sustitución o reasignación de genero en menores de edad en varias instituciones medicas colombianas muy prestigiosas. El asunto quedaría en eso, en la anécdota de que un mitómano recibió su merecida sanción por calumniar a un médico, si no fuera porque el propio usurpador de la Presidencia de la República y su grupo parlamentario protestaron por la detención pues la conferencia del creador de contenido para las redes sociales de la Internet, era parte de la campaña diseñada para ambientar el trámite de un proyecto de ley presentado por congresistas de la auto nombrada "bancada pro vida", conocido como "Ley Laura: niños no experimento", el cual busca prohibir los procedimientos médicos de reasignación y afirmación de género en menores de edad. El esperpento se llama "Ley Laura" en "honor" a "Laura", una joven diagnosticada con disforia de género que se sometió a tratamientos de transición durante su infancia y posteriormente manifestó afectaciones y arrepentimiento. Sólo hay un problema: Todo es una mentira. Ni Laura existió, ni en Colombia se realizan los procedimientos médicos que se pretenden prohibir.

¿Pero por qué una mentira creada por un influenciador llega al extremo de generar un debate legislativo? La respuesta es muy sencilla: porque no es sólo la mentira de un joven en busca de likes en las redes; en realidad hace parte de una estrategia de dominación y control social denominada pánico moral, que utiliza la mentira generalizada (esa que ahora denominan con el eufemismo "posverdad") y la manipulación informativa, para generar comportamientos determinados en ciertos sectores de la población mediante el miedo.

A menudo vemos esto como un fenómeno exclusivo del siglo XXI, como si el veneno del pánico social hubiera sido inventado por un algoritmo de red social. Sin embargo, la historia demuestra que la desinformación no requiere fibra óptica para ser demoledora; solo necesita un canal con suficiente alcance y, sobre todo, una apelación directa a los miedos más viscerales de una sociedad.

En una costura anterior titulada "La Noche de los Negros", contamos como la noche del 21 de julio de 1810 en los días convulsos de la Independencia, en Santafé circuló con fuerza el rumor infundado de que la población afro e indígena se levantaría en armas para degollar a los criollos en sus propias casas. Aquella fake news análoga, transmitida de boca en boca en las callejuelas de la Santafé virreinal, no buscaba describir una realidad sino fabricar un estado de paranoia útil para justificar el control, armar patrullas urbanas y acelerar decisiones políticas bajo la presión del terror.

Décadas más tarde, en febrero de 1898, la prensa sensacionalista estadounidense de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer convirtió la explosión accidental del buque acorazado de la armada estadounidense "USS Maine" en el puerto de La Habana en una narrativa deliberada de ataque español hasta lograr la declaratoria de guerra entre los Estados Unidos y España que terminó con el apoderamiento por parte de los gringos de las Islas Filipinas, Puerto Rico y Cuba. El famoso eslogan "Remember the Maine, to Hell with Spain!" (Recuerden el Maine, al infierno con España) no surgió del rigor de una investigación pericial, sino de la fabricación de indignación pública masiva para justificar la intervención armada de los Estados Unidos en el Caribe; una ambición de los gringos desde las épocas de Monroe.

Seis decadas después, la tecnología sustituyó el pasquín impreso por las ondas hertzianas, pero el método se mantuvo intacto. En 1960, la CIA puso en marcha Radio Swan (posteriormente Radio Cuba Libre) desde una pequeña isla en el Caribe. La emisora combinaba música, deportes, noticias manipuladas y mensajes cifrados. Su operación más destructiva consistió en la fabricación y difusión masiva de un bulo devastador: la supuesta aprobación de una "Ley de Pérdida de la Patria Potestad" por parte del gobierno revolucionario cubano, según la cual el Estado despojaría a los padres de la custodia de sus hijos para enviarlos a la Unión Soviética y someterlos a adoctrinamiento político. A través de la frecuencia de Radio Swan y de panfletos clandestinos que reproducían el texto falso de la supuesta ley, la desinformación caló hondo. La manipulación del afecto más primario, la protección de los hijos, desató una histeria colectiva. El resultado fue la Operación Peter Pan: entre 1960 y 1962, más de 14.000 niños cubanos fueron enviados solos a los Estados Unidos por padres aterrorizados que prefirieron la incertidumbre del exilio infantil antes que perder la custodia de sus hijos a manos de un fantasma reglamentario que jamás existió.

La eficacia de estas operaciones no reside en la verdad técnica del soporte, sino en la vulnerabilidad psicológica del receptor. Ayer fue el rumor colonial en los virreinatos; luego la prensa impresa, a mediados del siglo XX la radio de onda corta; hoy, las cadenas de mensajería instantánea y los videos virales. El soporte cambia, pero el diseño de ingeniería social permanece idéntico: sembrar una amenaza inverosímil contra la familia o la supervivencia para lograr la parálisis crítica de la ciudadanía.

La estrategia no busca regular la realidad, sino rentabilizar el miedo. Se crea un enemigo difuso pero aterrador, se le atribuye una amenaza directa sobre la infancia y se ofrece la solución legislativa a un problema inventado. La historia vuelve a confirmar su lección más amarga: cuando la política instrumentaliza el terror, la verdad es siempre la primera víctima, y la ficción termina convertida en norma para beneficio de los opresores.

Hannah Arendt nos mostró  cómo los totalitarismos usan la mentira sistemática para reescribir la historia y dominar no solo los actos, sino los pensamientos y la memoria de las personas. En una excelente columna con el mismo título de esta costura, publicada en el periódico El Espectador, Reinaldo Spitaletta afirmó certeramente: "La divulgación de mentiras da pingües ganancias al poder. En pleno auge de las redes sociales, la falsía y los bulos son provechosos para el ejercicio despótico del poder, para favorecer a los que han engendrado inequidades y desolaciones en el mundo."

Para vencer el poder de la mentira hace falta conciencia crítica y esta sólo se adquiere en un sistema educativo libre, en el que lo único prohibido sean los dogmas y donde sean la razón y la ciencia las que guíen las mentes de nuestros jóvenes. Por eso, al tiempo que manipulan y matan la verdad, atacan y desfinancian la educación y censuran a los medios que los ponen al descubierto.

¡Frente al poder de la mentira, el poder de la verdad, la razón y la libertad!



Comentarios

Publicar un comentario

Comenta sin temor alguno. Yo no juzgo.

Entradas más populares de este blog

TRADICIÓN, FAMILIA Y PROPIEDAD: LA CRUZADA DE LAS SOMBRAS.

ALÓ MINISTRO. YA HABLÉ CON MI PAPÁ.

TRADWIVES O LA ELIMINACION DE LOS DERECHOS DE LA MUJER.