LA NOCHE DE LOS NEGROS. Una historia que no termina.
Existe un hilo invisible pero irrompible que atraviesa la historia colombiana. Cambian los nombres de los actores -que no sus apellidos-, cambia el vestuario y cambian los soportes tecnológicos, pero la mecánica para gobernar las emociones colectivas permanece intacta.
La noche del 21 al 22 de julio de 1810, tras una jornada épica en la que el pueblo había logrado que pusieran presos a los oidores Frías y Hernández de Alba -responsables de la represión a sangre y fuego de la revolución comunera, de la abominable condena a muerte por descuartizamiento de José Antonio Galán y de la prisión inhumana de don Antonio Nariño- y estando la gente en la Plaza Mayor liderada por don José María Carbonell, reclamando acciones de la Junta de Gobierno en contra de otras autoridades peninsulares iguales o mas de sanguinarias y arbitrarias, como a las nueve de la noche, dice don José María Caballero en su Diario, "se difunde una voz de que se acercaban a la capital 300 negros a caballo y bien armados, con el objeto de atacar al pueblo y poner en libertad a los presos; en este momento todo se pone en movimiento y en las más vivas agitaciones las campanas de los templos llaman a fuego, no se oye otra cosa que ¡traición, nos han vendido, a las armas! Las plazas, las calles, se inundan de gentes: corren en pelotones en todos sentidos, ocurren a los cuarteles; pero lo que más inquietaba al pueblo era el parque de artillería y sobre lo que ponía todo el cuidado y energía una mujer, grande heroína, que le dijo a su hijo: “Ve tú a morir con los hombres mientras que nosotras (hablando con las demás mujeres) avanzamos a la Artillería y recibimos la primera descarga, y entonces vosotros los hombres pasaréis por encima de nuestros cadáveres, cogeréis la artillería y salvaréis la patria”. ¡Qué valor de heroína! Se arman y en masa ocupan las entradas de la ciudad. ¡Qué valor, qué intrepidez manifiesta este pueblo! Las mujeres daban ejemplo a los soldados; un valiente patriota que avanzaba con espada en mano, le pidió a una mujer que se apartase para ocupar el lugar; ésta se injuria y le dice: “¿La piedra que yo lance no hará tanto efecto como sus golpes?” y se mantuvo firme en el puesto. Las avanzadas de los patriotas que volaron por los caminos al encuentro de los negros, vieron que eran gentes de los pueblos vecinos que entraban en auxilio de la patria. Con esta noticia todo se tranquiliza".
Más recientemente, la noche del 21 de noviembre de 2019 reeditó el mismo libreto. Tras las masivas manifestaciones populares en todo el país y la potencia colectiva del cacerolazo nacional, como a las ocho de la noche se difunde una voz que dice "se están metiendo a los conjuntos", el pánico no viajó a través del toque a fuego de las campanas de bronce, sino por notas de voz en WhatsApp, videos descontextualizados en redes sociales y noticias falsas en los noticieros de la televisión. ¡"Se están metiendo a los conjuntos"! Familias enteras armadas con bates y palos custodiaron las porterías ante una amenaza que mas tarde las autoridades reconocieron que era inexistente.
La misma matriz psicológica reapareció sin tapujos en la campaña del Plebiscito por la Paz de 2016. La admisión pública del propio gerente de la campaña del "NO", revelando que la estrategia no consistió en explicar los acuerdos sino en diseñar mensajes segmentados de indignación para que "la gente saliera a votar emberracada", demostró que la manipulación deliberada del ánimo popular es un método perfeccionado. Al azuzar fantasmas como el "castrochavismo" o la destrucción de los valores familiares tradicionales, la "ideología de genero" o la "entrega del país a las FARC", se vició la libertad del sufragio mediante una estrategia que el propio Consejo de Estado llegaría a calificar en sus autos como una forma de violencia psicológica sobre la voluntad popular.
Apenas este año, la estratagema se puso de nuevo en marcha y con las mismas fantaciosas afirmaciones además de mentiras descaradas como la militancia guerrillera del Iván Cepeda, la responsabilidad política de la izquierda en el reclutamiento de menores, la quiebra de la economía nacional o las amenazas contra la Constitución, lograron que un buen porcentaje de colombianos votara por caminar hacia el abismo de la mano de un usurpador que renegó de su patria.
Esta secuencia histórica expone una constante: la desinformación masiva no es un invento del siglo XXI sino una depurada estrategia de control. Las cuatro coyunturas compartieron elementos estructurales: (i) Un contexto de incertidumbre: Tensiones institucionales o sociales que mantienen a la ciudadanía en estado de hipervigilancia; (ii) Un sesgo preexistente: Un "enemigo" o amenaza prefabricada a partir de prejuicios raciales, de clase o ideológicos y (iii) El contagio emocional: Un mecanismo de amplificación (campanas, publicidad emotiva o algoritmos) que desactiva la respuesta racional.
En 1810, si tu vecino salía gritando "¡Nos vendieron!" y las campanas de la iglesia sonaban, tu cerebro entraba en modo supervivencia. En 2026, si la vecina del piso 4 manda una nota de voz llorando en el grupo del condominio, la respuesta racional se apaga instantáneamente.
El sociólogo y criminólogo sudafricano Stanley Cohen acuñó el término "pánico moral" para describir precisamente esos momentos en los que se construye un "demonio popular" ficticio o sobredimensionado. Al final del día, la zozobra es el anestésico social perfecto. En los escenarios de 1810 y de 2019 infundir un terror inminente cumplió tres funciones fundamentales para las élites que buscan preservar la hegemonía: (i) Involución del pensamiento crítico: Cuando la población está en modo de supervivencia (pensando que le van a saquear la casa o que un ejército invisible viene a degollarla), el cerebro entra en pánico y abandona el análisis sociopolítico de fondo. Nadie cuestiona las causas de la desigualdad, ni la corrupción, ni las reformas cuando siente que su vida corre peligro; (ii) Cohesión social forzada en torno al orden: El miedo paraliza la protesta y empuja a la ciudadanía a pedir a gritos más fuerza pública, más control y figuras de "mano dura". Se logra que el mismo pueblo asustado termine exigiendo el restablecimiento del statu quo que horas antes estaba cuestionando y (iii) Alineación de la masa con el poder: En la Santafé de 1810, el pánico devolvió momentáneamente la iniciativa a los sectores tradicionales de la Junta para neutralizar la radicalización popular de Carbonell, en 2019 la histeria colectiva de esa noche apagó de un plumazo la potencia política del cacerolazo histórico que minutos antes había llenado los aires de pueblos y ciudades por todo el país.
Al final, infundir la ilusión de un caos inminente es el recurso más antiguo y efectivo para que las mayorías elijan la comodidad de sus cadenas con tal de tener la percepción de seguridad. Como en la parábola de la Kūpamaṇḍūka, mientras la masa esté tranquila mirando el fondo del pozo, quienes manejan el borde pueden seguir administrando el lugar a su antojo.
Infundir la ilusión de un caos inminente sigue siendo la herramienta más efectiva para que las sociedades busquen refugio en el "statu quo". Quienes manejan los bordes del pozo entienden bien esa dinámica; el reto ciudadano consiste en mantener la memoria y la lucidez encendidas para no seguir reaccionando a las sombras en la noche.
Quienes manejan al títere usurpador saben bien lo que hacen.
Valioso análisis especialmente por la comparación con los actuales sucesos. Pánico moral, la fórmula.
ResponderBorrar