MEMORIA DE UN FEMINICIDIO.
El pitico monótono del monitor cardíaco marcaba el ritmo de la cuenta regresiva que ya no se podía detener y el aire estaba impregnado del olor inconfundible del antiséptico, tenía el cuerpo vendado, las costillas fracturadas y una fijación de metal sosteniendo su mandíbula, hablar le era imposible y ver era un martirio a través del único ojo que los derrames de sangre le permitían entreabrir, pero sorprendentemente su mente funcionaba con una lucidez devastadora. En ese umbral helado entre la existencia y la nada, no sentía rabia, ni miedo, sentía, eso sí, un arrepentimiento denso, profundo, implacable, que le comprimía el pecho mucho más que el respirador mecánico. No era que no lo hubiera sabido. Esa era la verdad que la atormentaba. Ella había visto todas las señales de alarma. No habían sido avisos sutiles; habían sido vallas de neón encendidas en la noche más oscura. Pero eligió cerrar los ojos. Los cerró una y otra vez, tejiendo la ilusión protectora de que el amor lo cura ...